Cada semestre recibo decenas de estudiantes en mi facultad con ideas que podrían transformarse en empresas reales. Cuatro años después, la mayoría gradúa con un título y esas mismas ideas archivadas en carpetas que nadie volverá a abrir.
Como profesor en la Universidad de Guadalajara, he visto esta paradoja repetirse durante años. No es falta de talento. Es que seguimos enseñando emprendimiento como si fuera historia medieval: datos para memorizar, teorías para el examen, cero aplicación real.
Mientras debatimos en academias si actualizar el temario, algunas instituciones llevan décadas logrando que sus estudiantes combinen la teoría y la práctica, creando empresas al tiempo que estudian cómo funcionan: los estadounidenses MIT (Massachussets Institute of Technology), cuyo ecosistema de emprendimiento académico se articula desde el Martin Trust Center for MIT Entrepreneurship; Babson College, líder global en educación emprendedora con su enfoque de Entrepreneurial Thought & Action; UC Berkeley, a través de Berkeley SkyDeck, donde los proyectos académicos se convierten en startups; y Harvard, mediante el Harvard Innovation Labs, que integra cursos, mentorías y creación de empresas. En Finlandia, la Aalto University es reconocida por su modelo universidad–startup y el ecosistema Aalto Ventures Program.
La diferencia no es, o no únicamente, presupuesto ni ubicación. Es arquitectura.
Cuando la teoría se encuentra con la realidad
El Centro Universitario de los Altos (CUAltos) de la Universidad de Guadalajara implementó desde 2021 algo que debería ser obvio pero resulta revolucionario: convertir cada asignatura en una herramienta para construir proyectos reales.
En lugar de estudiar contabilidad con ejercicios inventados, los estudiantes registran transacciones de sus propios emprendimientos. En vez de memorizar las 4 P del marketing (producto, precio, punto de venta y promoción), diseñan estrategias para adquirir sus primeros cien clientes reales. Cuando estudian derecho empresarial, redactan los contratos que necesitarán para constituir legalmente sus empresas.
El CUAltos creó un repositorio de difusión del emprendimiento que documenta estos proyectos. No son simulaciones académicas. Son empresas operando en mercados reales, con clientes pagando y estudiantes aprendiendo más en un semestre que en cuatro años de clases tradicionales.
Tres ingredientes que cambian todo
Después de observar casos exitosos en México, España y otros países, identifiqué tres elementos que separan el teatro académico de la transformación real:
Lo que realmente están aprendiendo
Incluso cuando los proyectos fracasan comercialmente, estos estudiantes desarrollan competencias que graduados tradicionales tardan años en adquirir.
Por ejemplo, Juan Urdiales y Felipe Navío fundaron Jobandtalen mientras estudiaban en la Universidad Politécnica de Madrid. La empresa creció hasta convertirse en líder de empleo temporal en Europa y Latinoamérica, recaudó más de 500 millones de dólares y alcanzó una valoración superior a 2 000 millones. Opera en más de diez países.
No tenían experiencia corporativa previa, tenían algo mejor: capacidad de tomar decisiones bajo incertidumbre, construir equipos funcionales, gestionar conflictos cuando los intereses no están alineados y pivotar rápidamente cuando los datos contradicen sus hipótesis.
El mercado laboral refleja esto. Las empresas tecnológicas priorizan candidatos con proyectos demostrables sobre aquellos con credenciales impecables pero sin experiencia ejecutiva real.
La oportunidad que estamos perdiendo
Cada año, miles de estudiantes talentosos entran a nuestras facultades en México. La mayoría los procesamos mediante el mismo sistema que lleva décadas produciendo resultados mediocres: clases magistrales, exámenes memorísticos, proyectos simulados.
Cuatro años después salen con títulos, deudas y sus ideas archivadas. Buscarán empleos en empresas creadas por gente que nunca perdió tiempo en aulas desconectadas de la realidad.
En el CUAltos estamos intentando cambiar esto. Los catorce programas académicos, que se imparten llevan contenidos de emprendimiento, de manera que cualquier médico, dentista o abogado que egresa sabe cómo comenzar un negocio, cuánto cobrar, cómo vender y cómo posicionarse en el mercado. No con más teoría sino con más práctica. No con simulaciones sino con consecuencias reales. No preparando empleados sino formando creadores.
Esta transformación no requiere presupuestos millonarios. Requiere valentía para demoler lo que “siempre hemos hecho así” y reconstruir desde cimientos completamente nuevos.
Fuente:
theconversation.com
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